Comenzando el despertar busca compartir y poner en práctica las técnicas que nos han entregado los grandes guias de la humanidad y que nos conducen al despertar, como son: Auto-observacion, Recuerdo de si, Vivir el instante, Clave sol, La NO Identificación...
lunes, 16 de abril de 2012
miércoles, 11 de abril de 2012
MAS ALLA DE LA MENTE PENSANTE

La condición humana: perdidos en el pensamiento. La mayoría de la gente se pasa la vida aprisionada en los confines de sus propios pensamientos. Nunca van más allá de un sentido de identidad estrecho y personalizado, fabricado por la mente y condicionado por el pasado.
En tí, como en cada ser humano, hay una dimensión de conciencia mucho más profunda que el pensamiento. Es la esencia misma de tu ser. Podemos llamarla presencia, alerta, conciencia incondicionada. En las antiguas enseñanzas, es el Cristo interno, o tu naturaleza de Buda.
Hallar esa dimensión te libera, y libera al mundo del sufrimiento que te causas a tí mismo y a los demás cuando sólo conoces el «pequeño yo» fabricado por la mente, que es quien dirige tu vida.
El amor, la alegría, la expansión creativa y una paz interna duradera sólo pueden entrar en tu vida a través de esa dimensión de conciencia incondicionada. Si puedes reconocer, aunque sea de vez en cuando, que los pensamientos que pasan por tu mente son simples pensamientos, sí puedes ser testigo de tus hábitos mentales y emocionales reactivos cuando se producen, entonces esa dimensión ya está emergiendo en tí como la conciencia en la que ocurren los pensamientos y emociones: el espacio interno intemporal donde se despliegan los contenidos de tu vida.
La corriente de pensamientos tiene una enorme inercia que puede arrastrarte fácilmente. Cada pensamiento pretende tener una gran importancia. Quiere captar toda tu atención.
He aquí un ejercicio espiritual que puedes practicar: no te tomes tus pensamientos demasiado en serio. Qué fácilmente se queda atrapada la gente en sus prisiones conceptuales.
La mente humana, en su deseo de conocer, entender y controlar, confunde sus opiniones y puntos de vista con la verdad. Dice: así son las cosas.
Tienes que ser más amplio que el pensamiento para darte cuenta de que tu manera de interpretar «tu vida», o la vida o conducta de otra persona, cualquier manera que tengas de juzgar una situación, no es más que un punto de vista, una de las muchas perspectivas posibles. No es más que una cadena de pensamientos. Pero la realidad es una totalidad unificada donde todas las cosas están entrelazadas, donde nada existe en y por sí mismo. El pensamiento fragmenta la realidad, la corta en pedazos y en fragmentos conceptuales.
La mente pensante es una herramienta útil y poderosa, pero también muy limitante cuando se adueña completamente de tu vida, cuando no te das cuenta de que sólo es un pequeño aspecto de la condénela que eres. La sabiduría no es un producto del pensamiento. El conocer profundo, que es la sabiduría, surge en el simple acto de prestar toda tu atención a alguien o algo. La atención es la inteligencia primordial, la conciencia misma. Disuelve las barreras creadas por el pensamiento conceptual, lo que nos permite reconocer que nada existe en y por sí mismo. Une el perceptor con lo percibido en un campo de conciencia unificado. La sabiduría cura la separación.
Cuando estás inmerso en el pensamiento compulsivo, estás evitando lo que es. No quieres estar donde estás. Aquí, Ahora. Los dogmas —religiosos, políticos, científicos— surgen de la creencia errónea de que el pensamiento puede contener y encerrar la realidad o la verdad. Los dogmas son prisiones conceptuales colectivas. Y lo extraño es que la gente ama la celda de su prisión porque le da sensación de seguridad, una falsa sensación de «yo sé».
Nada ha causado más sufrimiento a la humanidad que sus dogmas. Es cierto que cada dogma se viene abajo antes o después, porque su falsedad acaba siendo revelada por la realidad; sin embargo, a menos que el error básico sea visto tal como es, el dogma será reemplazado por otros.
¿Cuál es el error básico? La identificación con el pensamiento.
El despertar espiritual es el despertar del sueño del pensamiento.
El reino de la conciencia es mucho más vasto de lo que el pensamiento puede entender. Cuando dejas de creerte todo lo que piensas, sales del pensamiento y ves con claridad que el pensador no es quien tú eres. La mente existe en un estado de «nunca tener suficiente», por lo que siempre ambiciona más. Cuando te identificas con la mente, te aburres y te inquietas fácilmente.
El aburrimiento significa que la mente tiene hambre de nuevos estímulos, de más alimento para el pensamiento, y que su hambre no está siendo satisfecha. Cuando estás aburrido, puedes satisfacer «hambre mental» leyendo una revista, haciendo una llamada telefónica, poniendo la tele, navegando en Internet, yéndote de compras o —y esto es bastante común— transfiriendo al cuerpo la sensación mental de carencia y la necesidad de querer siempre algo más, satisfaciéndolas brevemente ingiriendo más comida. O puedes sentirte aburrido e inquieto, y observar la sensación de estar aburrido e inquieto.
A medida que vayas dándote cuenta de estas sensaciones, empezará a surgir algún espacio y quietud en torno a ellas. Al principio sólo habrá un poco, pero, conforme crezca la sensación de espacio interno, el aburrimiento empezará a disminuir en intensidad y significado. De modo que incluso el aburrimiento te puede enseñar quién eres y quién no eres.
Descubres que ser «una persona aburrida» no es tu identidad esencial. El aburrimiento, simplemente, es un movimiento interno de la energía condicionada. Tampoco eres una persona enfadada, triste o temerosa.
El aburrimiento, el enfado, la tristeza o el miedo no son «tuyos», no son personales. Son estados de la mente humana. Vienen y van. Nada de lo que viene y va eres tú. «Estoy aburrido»; ¿quién sabe esto? «Estoy enfadado, triste, atemorizado»; ¿quién lo sabe? Tú eres el conocimiento, no el estado conocido. Los prejuicios de todo tipo implican que te sientes identificado con la mente pensante. Significar que ya no ves al otro ser humano, sino únicamente tu propio concepto de ese ser humano. Reducir la riqueza de vida de otro ser humano a un concepto es en sí mismo, una forma de violencia.
El pensamiento que no está enraizado en la autoconciencia se sirve a si mismo y es disfuncional. El ingenio exento de sabiduría es extremadamente peligroso y destructivo. Constituye el estado habitual de la mayor parte de la humanidad. La expansión del pensamiento por vías científicas y tecnológica aunque no es intrínsecamente bueno ni malo, tan bien se ha vuelto destructivo, porque muy a menudo el proceso mental del que surge no hunde sus raíces en la conciencia. El paso siguiente en la evolución humana es trascender el pensamiento. Actualmente es nuestra tarea más urgente.
Esto no implica dejar de pensar, sino dejar de identificarse completamente con el pensamiento, dejar de estar poseídos por el pensamiento. Siente la energía de tu cuerpo interno. El ruido mental se serena y cesa inmediatamente. Siéntela en tus manos, en tus pies, en tu abdomen, en tu pecho. Siente la vida que eres, la vida que anima el cuerpo. Entonces el cuerpo se convierte en una puerta, por así decirlo, hacía una sensación de vida más profunda que subyace a las fluctuantes emociones y al pensamiento.
Hay una riqueza de vida en tí que puedes sentir con todo tú Ser, no sólo con la cabeza. En esa presencia en la que no necesitas pensar, cada célula está viva. Sin embargo, en ese estado, el pensamiento puede activarse si se le necesita para alguna finalidad práctica. La mente puede seguir operando, y opera perfectamente cuando la inteligencia mayor que eres la usa y se expresa a través de ella. Quizá te haya pasado inadvertido que esos breves periodos en los que «eres consciente sin pensamiento» ya ocurren natural y espontáneamente en tu vida.
Puedes estar realizando alguna actividad manual, o paseando por la habitación, o esperando en el mostrador de la aerolínea, y estar tan completamente presente que el ruido mental de fondo disipa y es reemplazado por la presencia consciente. También puedes estar mirando al cielo o escuchado a alguien sin que surja ningún comentario interno. Tus percepciones se vuelven claras como el cristal, no están empañadas por el pensamiento. Para la mente, todo esto no es significativo, porque tiene cosas «más importantes» en que pensar. Además, no es memorable, y por eso te ha pasado inadvertido.
Lo cierto es que es lo más significativo que puede ocurrirte. Es el principio de un cambio desde el pensamiento hacia la presencia consciente.
Siéntete cómodo en el estado de «no saber». Este estado te lleva más allá de la mente, porque la mente siempre está intentando concluir e interpretar. Tiene miedo de no saber. Por eso, cuando puedes sentirte cómodo en el no saber, ya has ido más allá de la mente. De ese estado surge un conocimiento más profundo que es no-conceptual.
Creación artística, deporte, danza, enseñanza, terapia; la maestría en cualquier disciplina implica que la mente pensante o bien ya no participa, o se ha quedado en un discreto segundo plano. Un poder y una inteligencia mayores que tú, aunque en esencia son uno contigo, toman el mando. Ya no hay proceso de toma de decisiones; la acción justa surge espontáneamente, y «tú» no la estás haciendo. La maestría de la vida es lo opuesto del control. Te alineas con la conciencia mayor. Ella actúa, habla y hace los trabajos.
Un momento de peligro puede producir el cese temporal de la corriente de pensamientos, permitiéndote degustar lo que significa estar presente, alerta, consciente.
La Verdad es mucho más omniabarcante de que la mente podrá comprender jamás. Ningún pensamiento puede encerrar y contener la Verdad. En el mejor de los casos, puede indicarla. Por ejemplo puede decir: «Todas las cosas son intrínsecamente una.» Eso es una indicación, no una explicación. Comprender estas palabras significa sentir profundamente dentro de ti la verdad hacia la que apuntan.
E. Tolle
lunes, 9 de abril de 2012
SILENCIO Y QUIETUD
Cuando pierdes contacto con la quietud interior, pierdes contacto contigo mismo. Cuando pierdes contacto contigo mismo, te pierdes en el mundo. Tu sentido más interno de tí mismo, tu sentido de quién eres, es inseparable de la quietud. Ese es el Yo Soy que es más profundo que el nombre y la forma.
La quietud es tu naturaleza esencial. ¿Qué es la quietud? El espacio interno o conciencia en el que las palabras de esta página son percibidas y se convierten en pensamientos. Sin esa conciencia, no habría percepción, ni pensamientos, ni mundo. Tú eres esa conciencia, disfrazada de persona.
El equivalente del ruido externo es el ruido interno. El equivalente del silencio externo es la quietud interna. Cuando quieras que haya silencio a tu alrededor, escúchalo. Esto significa que, simplemente, has de darte cuenta de él. Préstale atención. Escuchar el silencio despierta la dimensión de quietud dentro de tí, porque sólo la quietud te permite ser consciente del silencio.
Observa que en el momento de darte cuenta del silencio que te rodea, no estás pensando. Eres consciente, pero no piensas.Cuando te das cuenta del silencio, se produce inmediatamente ese estado de serena alerta interna.
Estás presente. Has salido de miles de años de condicionamiento colectivo humano.
Mira un árbol, una flor, una planta. Deja que tu conciencia descanse en ellos. ¡Qué quietud manifiestan, qué profundamente enraizados están en el Ser! Permite que la naturaleza te enseñe la quietud. Cuando miras un árbol y percibes su quietud, tú mismo te aquietas. Conectas con él a un nivel muy profundo. Te sientes unido a cualquier cosa que percibes en y a través de la quietud. Sentir tu unidad de ti mismo con todas las cosas es verdadero amor.
El silencio ayuda, pero no es necesario para hallar la quietud. Aunque haya ruido, puedes sintonizar con la quietud subyacente, el espacio en el que surge el ruido. Ese es el espacio interno de pura conciencia, la conciencia misma. Puedes darte cuenta de que la conciencia es el trasfondo de todas tus percepciones sensoriales, de toda tu actividad mental. Siendo consciente de la conciencia surge la quietud interna.
Cualquier ruido molesto puede ser tan útil como el silencio. ¿Cómo? Abandonando tu resistencia interna al ruido y permitiendo que sea como es; esa aceptación también te lleva al reino de paz interna que es quietud. Cuando aceptas profundamente este momento tal como es —tome la forma que tome—, estás sereno, estás en paz. Presta atención a la pausa: la pausa entre dos pensamientos, al breve y silencioso espacio entre las palabras de una conversación, entre las notas de un piano o de una flauta, o al breve descanso entre la inspiración y la espiración.
Cuando prestas atención a esas pausas, la conciencia de «algo» se convierte simplemente en conciencia. Surge de dentro de tí la dimensión informe de pura conciencia y reemplaza la identificación con la forma. La verdadera inteligencia actúa silenciosamente. Es en la quietud donde encontramos la creatividad y la solución a los problemas. ¿Es la quietud tan sólo ausencia de ruido y contenido? No; es la inteligencia misma: la conciencia subyacente de la que nace toda forma. ¿Y cómo podría eso estar separado de quien tú eres?
De allí salió la forma que crees ser, y ello es lo que la sustenta.
Es la esencia de todas las galaxias y de las hojas de hierba; de todas las flores, árboles, pájaros, y de todas las demás formas. La quietud es la única cosa de este mundo que no tiene forma. Pero en realidad no es una cosa, y tampoco es de este mundo. Cuando miras un árbol o un ser humano desde la quietud, ¿quién está mirando? Algo más profundo que la persona.
La conciencia está mirando a su creación. En la Biblia se dice que Dios creó el mundo y vio que era bueno. Eso es lo que ves cuando miras sin pensamiento, desde la quietud.
¿Necesitas más conocimiento? ¿Crees que más información, u ordenadores más rápidos, o más análisis científicos e intelectuales van a salvar al mundo? ¿No es sabiduría lo que más necesita la humanidad en estos momentos? Pero ¿qué es la sabiduría? ¿Dónde se encuentra? La sabiduría viene cuando uno es capaz de aquietarse. Sólo mira, sólo escucha. No hace falta nada más. Aquietarse, mirar y escuchar activa la inteligencia no conceptual que anida dentro de tí. Deja que la quietud dirija tus palabras y tus acciones.
Autor: ET
miércoles, 28 de marzo de 2012
El Propósito Interno
Por eso lo más importante que debemos reconocer es lo siguiente: tenemos un propósito interno y otro externo en la vida. El propósito interno se relaciona con el Ser y es primario. El propósito externo se relaciona con el hacer y es secundario. Sin embargo, los dos propósitos están tan íntimamente ligados que es casi imposible hablar del uno sin hacer referencia al otro.
Nuestro propósito interno es el despertar. Es así de sencillo, es un propósito que compartimos con todos los demás seres humanos de este planeta, porque es el propósito de la humanidad. Nuestro propósito interno es parte esencial del propósito del todo, del universo y de su inteligencia. Nuestro propósito externo puede variar con el tiempo y es muy diferente según la persona. La base para poder cumplir con nuestro propósito externo está en encontrar el propósito interno y vivir en consonancia con él. Es la base del éxito verdadero. Sin esa consonancia podemos lograr determinadas cosas a base de esfuerzo, lucha, dedicación o simplemente mucho trabajo y sagacidad. Pero ese esfuerzo no encierra dicha alguna y termina invariablemente por traducirse en alguna forma de sufrimiento.
El despertar
En lugar de permanecer perdidos en nuestros pensamientos, cuando despertamos reconocemos que somos el observador consciente. Es entonces cuando el pensamiento deja de ser la actividad autónoma y egoísta que domina nuestra vida. La consciencia asume las riendas y el pensamiento, en lugar de tener el control de la vida, pasa a servir a la consciencia, que es la conexión consciente con la inteligencia universal. Otra palabra para describirla es la Presencia: la consciencia sin pensamiento.
El inicio del proceso del despertar es un acto de gracia. No podemos hacer que suceda ni tampoco prepararnos para él ni acumular créditos para merecerlo. No hay una secuencia clara de pasos lógicos que conduzca al despertar, aunque eso sería lo que le encantaría a la mente. No tenemos que hacernos merecedores primero. Puede llegarle al pecador antes que al santo, pero no necesariamente. Es por eso que Cristo se relacionaba con toda clase de gente y no solamente con las personas respetables.
No hay nada que podamos hacer para provocar el despertar. Lo que hagamos será cosa del ego, que estará buscando agregar el despertar o la iluminación a la lista de sus posesiones más preciadas para engrandecerse y adquirir todavía más importancia. De esa manera, en lugar de despertar, añadimos a la mente el concepto del despertar o la imagen de lo que es una persona iluminada, y nos esforzamos por vivir de acuerdo con esa imagen. Esforzarnos por ser como la imagen que tenemos de nosotros mismos o que otros tienen de nosotros no es vivir una vida auténtica sino representar otro de los personajes inconscientes del ego.
Por consiguiente, si no hay nada que podamos hacer con respecto al despertar, si es algo que ya ha sucedido o está por suceder, cómo es posible que sea el propósito primario de la vida? Acaso no está implícito en el propósito el hecho de poder hacer algo por lograrlo?
El primer despertar, el primer destello de consciencia sin pensamiento solamente sucede por la gracia, sin que hagamos nada. Si para usted este libro es incomprensible y no significa nada, es porque todavía no le ha llegado ese primer despertar. Sin embargo, si hay algo en su interior que responde a él, si de alguna manera reconoce algo de verdad en él, significa que ya ha entrado en el proceso. Una vez que se inicia el proceso, no hay marcha atrás, aunque el ego puede demorarlo.
La lectura de este libro podrá ser el comienzo del despertar para algunas personas. Para otras, este libro ejercerá la función de ayudarlas a reconocer que ya han iniciado el proceso, y a intensificarlo y acelerarlo. Otra función es ayudar a la gente a reconocer su ego cada vez que trate de recuperar el control y de ensombrecer el surgimiento de la consciencia.
En algunos casos, el despertar sucede cuando las personas se dan cuenta repentinamente de la clase de pensamientos que cruzan constantemente por su mente, especialmente los pensamientos negativos persistentes con los cuales quizás se hayan identificado durante toda la vida. Súbitamente se produce un estado de alerta que toma consciencia del pensamiento sin ser parte de él.
Cuál es la relación entre la consciencia y el pensamiento? La consciencia es el espacio en el cual existen los pensamientos cuando ese espacio ha tomado consciencia de sí mismo.
Después de haber visto el destello de la consciencia o la Presencia, aprendemos a conocerla de primera mano. En ese momento deja de ser simplemente un concepto mental y, por tanto, podemos tomar la decisión consciente de estar presentes en lugar de dejarnos arrastrar por pensamientos inútiles. Podemos invitar la Presencia a la vida, es decir, abrirle espacio. Con la gracia de la consciencia viene la responsabilidad. Podemos optar por continuar como si nada hubiera sucedido, o podemos reconocer su importancia y aceptar que el surgimiento de la consciencia es lo más importante que puede sucedernos. Abrirnos a la consciencia y traer su luz a este mundo se convierte entonces en el propósito preponderante de la vida.
“Deseo conocer la mente de Dios”, dijo Einstein. “Lo demás son detalles”. Qué es la mente de Dios? Consciencia. Qué significa conocer la mente de Dios? Estar conscientes. Cuáles son los detalles? El propósito externo y lo que quiera que suceda en el plano externo.
Así, quizás mientras usted espera que suceda algo significativo en su vida, podría no darse cuenta de que lo más importante que puede sucederle a un ser humano ya le ha sucedido: el comienzo del proceso de separación entre el pensamiento y la consciencia.
Muchas personas que se encuentran en las primeras etapas del proceso de despertar sienten que ya no saben a ciencia cierta cuál es su propósito externo. Aquello que mueve al mundo ya no las motiva. Al ver con tanta claridad la demencia de nuestra civilización, podrían sentirse aisladas hasta cierto punto de la cultura que las rodea. Hay quienes sienten que habitan en tierra de nadie, en medio de dos mundos. Ya el ego no dirige su destino, pero la consciencia todavía no se ha integrado plenamente a sus vidas. No se ha producido la fusión entre el propósito interno y el externo.
Cuando no vivimos en consonancia con nuestro propósito primario, cualquiera que sea el propósito que tengamos en la vida, aunque sea crear el cielo en la tierra, provendrá del ego o sucumbirá con el tiempo. Tarde o temprano, llevará al sufrimiento. Si se desconoce el propósito interno, todo lo que se haga, aunque parezca espiritual, llevará la marca del ego y, por tanto, acabará por corromperse. El dicho de que “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones” apunta a esa verdad. En otras palabras, no son las metas ni los actos los que son primordiales sino el estado de consciencia del cual emanan. Alcanzar el propósito primario equivale a sentar las bases para una nueva realidad, una nueva tierra. Una vez construidos esos cimientos, el propósito externo se carga de poder espiritual porque las metas y las intenciones se funden con el impulso evolutivo del universo.
Cuando consideramos que lo que somos o hacemos es el propósito principal de nuestra vida, negamos el tiempo. Esto proporciona un poder inconmensurable. Negar el tiempo en lo que hacemos también crea la conexión entre el propósito interno y el externo, entre el Ser y el hacer. Cuando negamos el tiempo, negamos el ego. Todo lo que hagamos tendrá una calidad extraordinaria porque el hacer mismo se convierte en el centro de nuestra atención. Nuestro hacer se convierte entonces en el canal a través del cual penetra la consciencia en este mundo. Esto significa que hay calidad en lo que hacemos, hasta en las cosas más insignificantes, como voltear las páginas del directorio telefónico o cruzar una habitación. El propósito principal de voltear las páginas es voltear las páginas; el propósito secundario es hallar un número telefónico. El propósito principal de cruzar la habitación es cruzar la habitación; el propósito secundario es tomar un libro que está del otro lado, y tan pronto como se toma el libro, ése se convierte en el propósito principal.
Todo lo que hacemos consume tiempo y, no obstante, siempre lo hacemos en el ahora. Entonces, si bien nuestro propósito interno es negar el tiempo, el propósito externo se relaciona necesariamente con el futuro y no podría existir sin el tiempo, pero siempre es secundario. Cada vez que sentimos angustia o tensión es porque otro propósito se ha adueñado de nosotros y hemos perdido de vista nuestro propósito interno. Hemos olvidado que lo primario es nuestro estado de consciencia y que todo lo demás es secundario.
De las cosas pequeñas a las cuales honramos y proporcionamos cuidados nacen las cosas grandes. La vida de todas las personas realmente está hecha de detalles. La grandeza es una abstracción mental y una fantasía del ego. La paradoja está en que la base de la grandeza está en honrar los detalles del presente en lugar de perseguir la idea de la grandeza. El momento presente siempre es pequeño en el sentido de que siempre es simple, pero en él se encarna el mayor de los poderes. Como el átomo, que es una de las cosas más pequeñas pero que encierra un poder enorme. Es sólo cuando estamos en consonancia con el momento presente que logramos acceso a ese poder. Pero podría ser más atinado decir que ese poder tiene entonces acceso a nosotros, y a través nuestro, al mundo.
A través del momento presente tenemos acceso al poder de la vida misma, aquello a lo cual hemos denominado “Dios”. Tan pronto como nos apartamos de él, Dios deja de ser una realidad en la vida y lo único que nos queda es el concepto mental de Dios, el cual tiene seguidores y detractores. Hasta el hecho de creer en Dios es un mal sustituto de la realidad viviente de Dios que se manifiesta en cada momento de la vida.
Acaso la armonía total con el presente no se traduce en el fin de todo movimiento? Acaso la existencia de una meta cualquiera no implica una perturbación transitoria de la armonía con el momento presente y quizás el restablecimiento de esa armonía a un nivel más elevado o más complejo una vez alcanzada esa meta? Imagino que la semilla que trata de salir de la tierra tampoco puede estar en armonía total con el momento presente porque su meta es convertirse en árbol. Quizás cuando alcance la madurez pueda vivir en armonía con el momento presente.
Así, podemos ser fieles a la vida siendo fieles a nuestro propósito interno. A medida que logramos estar en el presente y plenamente conscientes de lo que hacemos, nuestros actos se cargan de poder espiritual. En un principio es probable que no notemos los cambios en lo que hacemos. El propósito primario es entonces permitir que la consciencia fluya en ello. El propósito secundario es aquello que deseamos lograr a través de lo que hacemos. Mientras que anteriormente la noción del propósito se asociaba con el futuro, ahora hay un propósito más profundo que solamente podemos hallar en el presente, negando el tiempo.
Cuando esté con otras personas, en el trabajo o en algún otro lugar, présteles toda su atención. Ya no estará allí principalmente como persona, sino como campo de consciencia, de Presencia despierta. El motivo original para relacionarse con la persona (comprar o vender algo, solicitar o proporcionar información, etc.) pasa a ser secundario. El campo de consciencia que surge entre los dos se convierte en el propósito primario de la interacción. Este espacio adquiere mayor importancia que el tema de la conversación, más importancia que los objetos físicos o mentales.
El Ser humano adquiere preeminencia sobre las cosas de este mundo. Esto no significa que haya que descuidar las cosas de la vida práctica. En realidad lo que sucede es que los quehaceres fluyen no solamente con mayor facilidad sino con mayor contundencia cuando reconocemos la dimensión del Ser concediéndole primacía. El afloramiento de ese campo unificador de la consciencia entre los seres humanos es el factor más esencial de las relaciones en la nueva tierra.
El mundo nos dice que el éxito consiste en conseguir aquello que nos proponemos. Nos dice que el éxito es triunfar, que lograr el reconocimiento y la prosperidad es un ingrediente esencial. Todo lo anterior no es otra cosa que un subproducto del éxito, pero no el éxito mismo. La noción convencional de este concepto se relaciona con los resultados de lo que hacemos.
Hay quienes dicen que el éxito es producto de una mezcla de esfuerzo y suerte, o perseverancia y talento, o de estar en el sitio correcto en el momento justo. Si bien cualquiera de esas cosas pueden ser determinantes del éxito, no son su esencia. Lo que el mundo no nos dice (porque no lo sabe) es que no podemos alcanzar el éxito. Solamente podemos tenerlo. No podemos permitir que un mundo demente nos diga que hay otro éxito aparte de un buen momento presente. Y eso qué quiere decir? Que hay un elemento de calidad en lo que hacemos, hasta en la actividad más insignificante. Calidad implica cuidado y atención, que vienen con la consciencia. Nuestra Presencia es requisito para la calidad.
Como usted ya lo sabe, su propósito externo o secundario está en la dimensión del tiempo, mientras que su propósito principal es inseparable del Ahora y, por tanto, exige negar el tiempo. Cómo reconciliar ambas cosas? Reconociendo que todo el viaje de la vida consta del paso que se da en el momento presente. Lo único que hay siempre es este paso, de tal manera que es preciso prestarle toda la atención. Esto no significa que no deba saber hacia dónde se dirige sino que el paso de este momento es lo primario mientras que el destino es secundario. Y lo que encontramos al llegar a nuestro destino depende de la calidad de este paso. Otra forma de decirlo es la siguiente: lo que el futuro nos depara depende de nuestro estado de consciencia en el momento presente.
Éxito es cuando el hacer se impregna de la calidad atemporal del Ser. A menos que el Ser impregne lo que hacemos, a menos que estemos presentes, nos perderemos en cualquier cosa que hagamos. También nos perdemos en el pensamiento y en nuestras reacciones a lo que sucede externamente, porque la consciencia es la esencia de lo que somos. Cuando ella se identifica completamente con el pensamiento y olvida su naturaleza esencial, se pierde en el pensamiento. Cuando se identifica con las formaciones mentales y emocionales como los deseos y los temores (los motores primordiales del ego) se pierde en esas formaciones.
La consciencia también se pierde cuando se identifica con los actos y las reacciones frente a las cosas. Así, todos los pensamientos, los deseos o temores, los actos y las reacciones se infunden con una sensación equivocada del ser y, por tanto, somos incapaces de sentir la dicha simple de Ser y buscamos el placer y hasta el sufrimiento a manera de reemplazo. Es vivir olvidados del Ser. En ese estado de olvido de lo que somos, los éxitos no son más que una ilusión pasajera. No tardamos en sentirnos infelices a pesar de los logros, o fijamos completamente nuestra atención en algún problema o dilema nuevo.
El propósito externo varía enormemente de una persona a otra y nunca es duradero. Está sujeto al tiempo y termina cediendo su lugar a algún otro propósito. También varía significativamente la medida en que la dedicación al propósito interno de despertar modifica las circunstancias externas de nuestra vida. Algunas personas experimentan un rompimiento gradual o súbito con el pasado: su trabajo, su situación de vida, sus relaciones y todo lo demás sufre un cambio profundo. Ellas mismas podrían ser las iniciadoras de una parte del cambio, no a través de una serie de decisiones dolorosas sino de un reconocimiento súbito de lo que deben hacer. La decisión les llega lista, por así decirlo. Llega mediada por la consciencia, no por el pensamiento.
La persona se despierta un buen día con la certeza de lo que debe hacer. Algunas personas abandonan de la noche a la mañana un ambiente de trabajo o una situación de vida demencial. Así, antes de descubrir lo correcto para usted a nivel externo, antes de descubrir aquello que funciona y que es compatible con el despertar de la consciencia, quizás tenga que descubrir aquello que no está bien o que ya no funciona o es incompatible con su propósito interno.
Es posible que lleguen otros tipos de cambios desde afuera. Un encuentro inesperado trae oportunidades nuevas y expansión para la vida. Se disuelve un obstáculo o un conflicto de vieja data. Sus amigos viven la misma clase de transformación interna o desaparecen de su vida.
Pero no todo el mundo debe pasar por cambios drásticos en sus circunstancias externas. En el otro extremo del espectro están las personas que permanecen exactamente donde están y continúan haciendo lo mismo de siempre. En su caso, es el cómo el que cambia, no el qué. No es cuestión de inercia. Lo que sucede es que su actividad ya es el vehículo perfecto para traer la consciencia a este mundo y no necesitan de ningún otro. También ellas contribuyen a la manifestación de la nueva tierra.
No debería sucederle esto a todo el mundo? Si cumplir con el propósito interno equivale a estar en unión con el momento presente, por qué querría alguien abandonar su trabajo o su situación de vida actual?
Estar en unión con lo que es no implica no ser motor de cambio o ser incapaz de tomar la iniciativa. Lo que sucede es que la motivación para actuar proviene de un nivel más profundo y no de los deseos o los temores del ego. La consonancia interna con el momento presente abre la consciencia y nos pone en armonía con el todo, del cual el momento presente es parte integral. Entonces, el todo, o la totalidad de la vida, actúa a través de nosotros.
Por una parte, el todo comprende todo aquello que existe, es el mundo o el cosmos. Pero todo aquello que existe, desde los microbios hasta los seres humanos y las galaxias, forma una red de procesos multidimensionales conectados y no es una serie de cosas o entidades independientes.
Son dos las razones por las cuales no percibimos esta unidad y consideramos que todas las cosas son independientes. Una es la percepción, la cual reduce la realidad a lo que nos es accesible a través de nuestros pocos sentidos: lo que vemos, oímos, olemos, saboreamos y palpamos. Pero cuando percibimos sin interpretar ni adjuntar rótulos mentales, es decir, sin agregar pensamiento a nuestras percepciones, podemos sentir una conexión más profunda detrás de nuestra percepción de la separación.
La otra razón más seria por la cual vivimos en la ilusión de la separación es el pensamiento compulsivo. Es cuando permanecemos atrapados en el torrente incesante de pensamientos compulsivos que el universo realmente se aparta de nosotros y perdemos la capacidad de sentir la conexión entre todo lo que existe. El pensamiento fragmenta la realidad en pedazos inertes. Esa visión de la realidad da paso a unas actuaciones supremamente destructivas y carentes de inteligencia.
Sin embargo, más allá de la interconexión entre todo lo que existe hay un nivel más profundo. En ese nivel del todo, todas las cosas son una. Es la Fuente, la única Vida no manifiesta. Es la inteligencia eterna que se manifiesta a través del desenvolvimiento del universo en el tiempo.
El todo está hecho de existencia y Ser, lo manifiesto y lo no manifiesto, el mundo y Dios. Así, cuando entramos en armonía con el todo, nos convertimos en una parte consciente de la red del todo y de su propósito: el surgimiento de la consciencia en el mundo. El resultado es que comienzan a ocurrir con frecuencia las casualidades propicias, los encuentros fortuitos, las coincidencias y los sucesos sincronizados. Carl Jung describió la sincronicidad como “un principio unificador acausal”. Esto significa que no hay una conexión causal entre los sucesos sincronizados en el plano superficial de nuestra realidad. Es una manifestación externa de una inteligencia subyacente al mundo de las apariencias y una conexión más profunda incomprensible para la mente. Pero podemos ser partícipes conscientes del desenvolvimiento de esa inteligencia, del florecimiento de la consciencia.
Eckhart Tolle
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